Sylvie
Sylvie —¡Hola, pequeño parisino! —me dijo tÃo Bola—. ¿Vienes a seducir a nuestras muchachas?
—¿Yo, tÃo Bola?
—¿No te las llevas al bosque cuando no está el lobo?
—Pero, tÃo Bola, ¿no es usted el lobo?
—Lo fui mientras encontré ovejas; ahora sólo encuentro cabras, ¡y hay que ver cómo saben defenderse! Pero tú, tú eres uno de esos pÃcaros de ParÃs. Jean-Jacques tenÃa toda la razón cuando decÃa: «El hombre se corrompe en el ambiente emponzoñado de las ciudades».
—De sobra sabe usted, tÃo Bola, que el hombre se corrompe en todas partes.
TÃo Bola empezó a cantar una canción de borrachos, y resultó inútil intentar frenarlo al llegar a un estribillo escabroso que todos sabÃan de memoria. A pesar de nuestras súplicas, Sylvie no quiso cantar, diciendo que en la mesa no se cantaba. Yo habÃa ya advertido que el galán de la vÃspera se hallaba sentado a su izquierda. No sé qué habÃa en su cara redonda, en su enmarañado pelo, que no me resultaba desconocido. Se levantó y, colocándose detrás de mi silla, me preguntó:
—¿Asà que no me conoces, eh, pequeño parisino?