Sylvie

Sylvie

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Una buena mujer, que se reunió con nosotros para el postre después de habernos servido, me dijo al oído:

—¿No reconoce a su hermano de leche?

Sin dicha advertencia hubiera hecho el ridículo.

—¡Ah, eres tú, Rizadote! —exclamé—. ¡El que me sacó del aba!

Sylvie se reía a carcajadas de mi descubrimiento.

—Sin calcular —decía el muchacho al abrazarme— que llevabas un hermoso reloj de plata, y que al salvarte estabas más preocupado por tu reloj, que ya no funcionaba, que por ti mismo. Decías: «El animalito se ha ogado, ya no hace tictac, ¿qué dirá mi tío?».

—¡Un animalito dentro de un reloj! —dijo tío Bola—. ¡Eso es lo que hacen creer a los niños en París!

Sylvie tenía sueño y pensé que mi persona ya no tenía cabida en su pensamiento. Subió a su habitación y, cuando la besé, me dijo:

—Hasta mañana. Venga a vernos.

Tío Bola permaneció en la mesa con mi hermano de leche. Durante un buen rato, charlamos alrededor de una botella de ratafiat de Louvres.

—Todos los hombres son iguales —dijo tío Bola entre dos copitas—, bebo con un pastelero igual que lo haría con un príncipe.

—¿Dónde está el pastelero? —pregunté.


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