Sylvie
Sylvie El verano siguiente había carreras de caballos en Chantilly. La compañía de teatro de la que Aurélie formaba parte daría allí una representación. Una vez en la región, la compañía quedaba a las órdenes del director durante tres días. Me había hecho amigo de aquel hombre, antiguo Dorante de las comedias de Marivaux, primer galán joven durante mucho tiempo y cuyo último éxito había sido la interpretación del papel de amante en aquella obra que imitaba a Schiller y en la que mis prismáticos me lo mostraron tan arrugado. De cerca parecía más joven y, dado que se mantenía delgado, en provincias aún resultaba atractivo. Poseía energía y entusiasmo. Me trasladé con la compañía en calidad de señor poeta y conseguí convencer al director para que se hiciera alguna representación en Dammartin. Al principio, prefería hacerlo en Compiégne; pero Aurélie fue de mi misma opinión. Al día siguiente, mientras se cerraban los tratos con los empresarios y con las autoridades, alquilé dos caballos y Aurélie y yo emprendimos el viaje por el camino de Commelle para ir a almorzar al castillo de la reina Blanca. Vestida de amazona, con sus cabellos rubios al viento, atravesó el bosque como una reina de otra época, y los campesinos, al verla, se quedaban deslumbrados. Madame de R era la única mujer a la que habían visto saludar con tanta gracia y, a la vez, con porte tan mayestático. Después de almorzar, descendimos hasta esas aldeas que tanto recuerdan las de Suiza y cuyos aserraderos mueven las aguas del Nonette. Aquellos parajes, caros a mi recuerdo, le interesaban sin impresionarla. Había planeado llevarla al castillo, cerca de Orry, a la explanada donde vi a Adrienne por primera vez. No demostró ninguna emoción. Entonces se lo conté todo, le confesé el origen de aquel amor entrevisto por las noches, soñado más tarde y realizado finalmente en ella. Me escuchaba con gran seriedad. Luego, me dijo: