Sylvie
Sylvie Por aquel entonces vivíamos una época extraña, como las que suelen suceder a las revoluciones o a los ocasos de los grandes reinados. No existía ya la galantería heroica de los tiempos de la Fronda, ni el vicio elegante y atildado de la Regencia, ni el escepticismo y las locas orgías del Directorio; había una mezcla de actividad, de duda y de desgana, de brillantes utopías, de aspiraciones filosóficas o religiosas, de vagos entusiasmos, ligados a ciertos impulsos de renovación; de aburrimiento por las discordias del pasado, de esperanzas inciertas; algo parecido al espíritu de la época de Peregrino y Apuleyo. El hombre material aspiraba al ramo de rosas que, de manos de la hermosa Isis, debía regenerarlo; la diosa eternamente joven y pura se nos aparecía por las noches y nos hacía sentir vergüenza por nuestras horas perdidas durante el día. Sin embargo, la ambición resultaba impropia de nuestra edad, y la ávida caza de honores y posiciones que por aquel entonces se solía practicar nos mantenía alejados de las posibles esferas de actuación. Como único asilo sólo nos quedaba la torre de marfil propia de los poetas, a la que subíamos cada vez más alto para aislarnos de la muchedumbre. Allí, en los elevados ámbitos a los que nos guiaban nuestros maestros, respirábamos por fin el aire puro de las soledades, bebíamos el olvido en la copa de oro de las leyendas, nos embriagábamos de poesía y de amor. ¡Amor, ay! ¡Formas vagas, tonalidades rosas y azules, fantasmas metafísicos! Vista de cerca, la mujer real era motivo de indignación para nuestra ingenuidad; debía aparecérsenos como reina o como diosa, y, sobre todo, debíamos evitar su proximidad.
