Poesia y prosa
Poesia y prosa Amnesia

E mpecé por llamar a mi esposa, Blanca, como para hacer más real la idea de su renacimiento.
Luisa, aquella Luisa coqueta y veleidosa, maligna y vana, había muerto.
De ella nacía Blanca («incipit vita nova»).
Y de que nacía de veras, de que en ella había como un ser nuevo, fue temprano testimonio de su dulzura.
Era dulce como una ovejuela. Tímida, medrosilla, puerilmente afectuosa.
Obedecía a la menor de mis indicaciones con sumisión conmovedora.
Yo, sin fatigar en lo más mínimo su cerebro delicado, iba iniciándola blandamente en el aprendizaje de la vida.
Teníamos un vasto jardín, que descendía desde la escalinata de la eminente casa en ondulaciones verdes y aterciopeladas.
Las flores llenábanla de regocijo, y yo iba pacientemente enseñándoselas una a una y repitiendo sus nombres.
¡Rosa!, ¡geranio!, ¡clavel!, ¡evónimo!…