Poesia y prosa
Poesia y prosa ComplacÃase en la sociedad de las mocitas de doce y catorce años, y cada dÃa, merced a ellas, ampliaba sus conocimientos, su vocabulario.
DivertÃala extraordinariamente saltar a la comba, jugar a todos esos juegos de la puerilidad, que son siempre, en el fondo, los mismos.
Un dÃa vino con encantadora sencillez a decirme:
—Tú y yo somos novios, ¿verdad?
Me quedé perplejo por un momento.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Manolita; me ha dicho que cuando un hombre y una mujer se quieren…, pues son novios y se casan.
(Debo advertir que yo no habÃa intentado insinuarle siquiera la idea de que era mi esposa; parecÃame aún harto complicada para su inteligencia, que florecÃa apenas, como nuevo y candoroso pensamiento.)
—¿Y tú y yo nos queremos, por ventura? —la pregunté.
—¡Yo te quiero! —me respondió, zanjando dulcemente la cuestión y echando sus brazos a mi cuello.
—¿Tenemos, pues, que casarnos como los otros?
—Naturalmente.
—¿Y serás dichosa?
—Muy dichosa.