Poesia y prosa
Poesia y prosa En vano me afanaba yo por reconstruirle la vida romana. Bostezaba, se impacientaba, y acabó por insistir en que volviésemos a Nápoles, temprano «para tomar el té» con una amiga que la aguardaba en el hall del hotel.
Acaso Blanca, con su sencillez afectuosa, con su simplicidad, fuese mejor compañera de ensoñaciones que «la otra». No sabía de historia más que lo que yo le desmigajaba, pero sabría en cambio callar y acompañarme plácidamente por las vías milenarias.
No me atreví sin embargo a intentar la excursión, por miedo a una nueva desgarradura del pasado y preparé nuestro embarque en el vapor italiano que regresaba a Barcelona.
La naturaleza me ayudaba en mí propósito. Una lluvia persistente volvía grises y monótonos todos los paisajes, todas las perspectivas.
Ya en el Mediterráneo lució empero el sol y el cielo se volvió de una incomparable limpidez.
Azul y manso se mostró el mar. Parecíamos navegar a través de un ensueño de turquesas.
La travesía fue un encanto. El vapor se detuvo en Génova, la marmórea, y en la vivaz y alegre Marsella.
El panorama de las costas de Francia era por todo extremo embelesador.