Poesia y prosa
Poesia y prosa 
Cae la tarde.
Estoy en Biarritz, en lo alto de la Côte des Basques, frente al mar.
La puesta del sol ha sido imponente, como suelen serlo en aquellas encantadas playas.
Han pasado diez años,
Soy un cuarentón huraño, estudioso, y vivo consagrado a mi Carmen que casi es ya una tobillera, esbelta, de piernas largas y ágiles, de rostro moreno, de inmensos ojos claros.
Ahora juega cerca de mí, con un gran perro de policía de pelambre oscuro, requemado en la cola y en las patas.
Con frecuencia se acerca a la gran poltrona de mimbre en que yo reposo mirando el mar, el cielo, las montañas, desde la sonriente terraza de nuestra villa y me da un beso.
Después desciende la escalinata y retoza con su perro sobre los céspedes del jardín.
La miro, como la he mirado siempre, sin cesar, desde que su madre se alejó, y advierto con infinita complacencia lo que ya por lo demás me sé de sobra; que en todo, en su carácter, en sus modales, en su placidez, en su aspecto dulce, bondadoso y sencillo, ha heredado a Blanca.