Poesia y prosa

Poesia y prosa

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Se disponía a seguir su camino. Pero yo no he sido nunca de esos hombres indecisos que dejan irse; quizá para siempre, a una mujer hermosa. (Además: ¿no me empujaba hacia ella mi destino?)

—Perdone usted mi insistencia —la dije—; pero llevo más de un mes en Nueva York, me aburro como una ostra (doctos autores afirman que las ostras se aburren; ¡ellos sabrán por qué!). No he hablado desde que llegué, una sola vez español. Sería en usted una falta de caridad negarme la ocasión de hablarlo ahora… Permítame, pues, que con todos los respetos y consideraciones debidas, y sin que esto envuelva la menor ofensa para usted, la invite a tomar un refresco, un ice cream soda, o, si a usted le parece mejor una taza de té…

No respondió y echó a andar lo más deprisa que pudo; pero yo apreté el paso y empecé a esgrimir toda la elocuencia de que era capaz. Al fin, después de unos cien metros de «recorrido» a gran velocidad, noté que alguna frase mía, más afortunada que las otras, lograba abrir brecha en su curiosidad. Insistí, empleando afiladas sutilezas dialécticos y ella aflojó aún el paso… Una palabra oportuna la hizo reír… La partida estaba ganada… Por fin, con una gracia infinita, me dijo:

—No sé qué hacer: si le respondo a usted que no, va a creerme una mujer sin caridad; y si le respondo que sí, ¡va a creerme una mujer liviana!


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