Poesia y prosa
Poesia y prosa El diamante en la inquietud

Ocho días después nos habíamos ya encontrado siete veces (¡siete veces, amigo, el número por excelencia, el que, según el divino Valles, no produce ni es producido; el rey de los impares, gratos a los dioses!), y en cierta tarde de un día de mayo, a las seis, iniciada ya una amistad honesta, delicada, charlábamos en un frondoso rincón del Central Park.
En ocho días se habla de muchas cosas.
Yo tenía treinta y cinco años y había amado ya por lo menos cuarenta veces, con lo cual dicho está que había ganado cinco años, al revés de cierto famoso avaro, el cual murió a los ochenta y tantos, harto de despellejar al prójimo, y es voz pública que decía: «Tengo ochenta y dos años y sólo ochenta millones de francos: he perdido, pues, dos años de mi vida».
Aquella mujer tendría a lo sumo veinticinco.
A estas edades el dúo de amor empieza blando, lento, reflexivo; es una melodía tenue, acompasada; un andante maestoso…
Estábamos ya, después de aquella semana, en el capítulo de las confidencias.