Poesia y prosa
Poesia y prosa En esto, la puerta que Su Majestad, por invencible hábito, suponÃa que era una ventana que caÃa sobre la gran plaza de Enrique V, se entreabrió, y una figura de mujer, alta, esbelta, armoniosa, se recortó en la amplia zona de luz que limitaban las maderas.
—Lope —dijo con voz dulcÃsima de un timbre de plata—, ¿estás ya despierto?
Su Majestad —o mejor dicho Lope—, estupefacto, quiso balbucir algo; no pudo y quedose mirando, sin contestar, aquella aparición.
Era, a lo que podÃa verse, una mujer de veinte años, a lo sumo, de una admirable belleza. Sus ojos, obscuros y radiantes, iluminaban el óvalo ideal de un rostro de virgen, y sus cabellos, partidos por en medio y recogidos luego a ambos lados, formando un trenzado gracioso que aprisionaba la robusta mata, eran de un castaño obscuro magnÃfico. VestÃa modestamente saya y justillo negros, y de los lóbulos de sus orejas, que apenas asomaban al ras de las bandas de pelo, pendÃan largos aretes de oro, en los cuales rojeaban vivos corales.
—¿Duermes, Lope? —preguntó aún la voz de plata—. Tarde es ya, más de las siete… Recuerda que mañana ha de estar acabada la custodia. El hermano Lorenzo nos ha dicho que en el convento la quieren para la fiesta de San Francisco, que es el jueves.
—¡Lope! —murmuró Su Majestad— ¡Lope, yo!… ¿Pero quién sois vos, señora?…