Poesia y prosa
Poesia y prosa El Greco y un caballero, principal a juzgar por el acicalamiento y belleza del traje, daban fin a suculenta comida, que cuatro músicos amenizaban, desde un ángulo de la vasta pieza, tañendo bien acordados instrumentos.
Era el pintor muy joven aún: de treinta y dos a treinta y cinco años representaba apenas, no obstante los asomos de calvicie, que habían despoblado ya y ensanchado su frente. Llevaba la barba no muy espesa y terminada en punta, la cual alargaba aún más su rostro, ya largo de suyo. Su nariz era de aguileño corte, aunque quizá un poco grande; sus ojos no muy brillantes ni expresivos, y sus orejas algo desproporcionadas. Hablaba en italiano a su amigo, con voz áspera y parecía referirle con animación una historia.
En el mismo idioma saludole Gaetano, añadiendo algunas palabras lisonjeras para presentarle a Lope, quien, un poco intimidado, se mantenía a cierta distancia.
—Sentaos, don Lope —dijo sin ceremonia alguna el Greco, en el peor español del mundo y con el más detestable de los acentos. Y señalando al caballero que con él comía, el cual representaba poco más o menos su edad, y que con una simple inclinación de cabeza había respondido al saludo de Lope y de Gaetano, agregó, dirigiéndose primero: