Poesia y prosa

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Entraron bajo el Arco de la Sangre, que por una escalinata los llevó, pasando por el Parador del Sevillano, a Santa Cruz. El admirable edificio, con su hermosa portada, su noble vestíbulo y su iglesia, detúvoles algunos minutos en su tranquilo y contemplativo vagar. Fueron después hasta la plaza del Alcázar, el cual se erguía severo y triste en la paz de la tarde asoleada, y en cuyas escaleras el César Carlos (que había mandado reedificarlo en los comienzos del siglo XVI), según sus propias palabras, se sentía emperador.

En el gran patio, rodeado de su doble columnata corintia, advirtieron gran bullicio de pajes, escuderos y soldados, y en la plaza, y en el espacio comprendido entre el edificio y Santiago de los Caballeros, vieron mucha gente baldía que aguardaba la salida de algún personaje palatino, divirtiéndose con el trajín y balumba de servidores y militares.

Fueron después hasta la puerta de Alcántara, pasaron el puente, donde se detuvieron un punto, pensativos, viendo correr la turbia linfa del Tajo, y ascendieron suavemente por la colina en que se asentaba, hosco y sombrío, el castillo de San Servando.



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