Poesia y prosa

Poesia y prosa

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Un poco más allá un grupo de gente los detuvo. Más de veinte bobos hacían círculo en derredor de dos perillanes que, con no muy pulidas razones, se denostaban.

Habían reñido porque el uno, que estuvo en la Nueva España y sirvió al marqués del Valle, hijo de Hernán Cortés, encontrándose en la taberna vecina, donde jugaban a las tablas, charlaban o cantaban acompañados de la vihuela algunos soldados, había menospreciado al otro, el cual pretendía haber estado con los tercios españoles en la guerra de Francia, a las órdenes del conde de Egmont, cuando, según el primero, nunca fue más que un rapavelas de cierta iglesia de Medina del Campo, donde él le había conocido.

—Si no mirara que sois viejo —decía el supuesto sacristán a su antagonista— os hundiría mi espada en el pecho, hasta los gavilanes.

—¡Si se creerá joven el sacristán! —contestaba con sorna el otro, que era un sesentón magro, barbicerrado, sucio y amarillo—; ¡si habrá pensado que mi pecho es tan blando como la cera de sus cirios! Vuélvase a la taberna a rascar la vihuela con la gente ruin y de poco precio a quien divierte, o vive Cristo que quedará más molido que alheña.

Lope y Mencía lograron, al fin, abrirse paso a través de los curiosos y siguieron su camino.


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