Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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De los sublimes

Silencioso es el fondo de mi mar: ¡quién adivinaría que esconde monstruos juguetones!

Imperturbable es mi profundidad: mas resplandece de enigmas y risas flotantes.

Hoy he visto un sublime, un solemne, un penitente del espíritu[203]: ¡oh, cómo se rió mi alma de su fealdad!

Con el pecho levantado, y semejante a quienes están aspirando aire: así estaba él, el sublime, y callaba:

Guarnecido de feas verdades, su botín de caza, y con muchos vestidos desgarrados; también pendían de él muchas espinas – pero no vi ninguna rosa.

Aún no había aprendido la risa ni la belleza. Sombrío volvía este cazador del bosque del conocimiento.

De luchar con animales salvajes volvía a casa: mas desde su seriedad continúa mirando un animal salvaje – ¡un animal no vencido aún!

Ahí continúa estando, como un tigre que quiere saltar; pero a mí no me agradan esas almas tensas, a mi gusto le repugnan todos esos contraídos.

¿Y vosotros me decís, amigos, que no se ha de disputar sobre el gusto y el sabor? ¡Pero toda vida es una disputa por el gusto y por el sabor![204]

Gusto: es el peso y, a la vez, la balanza y el que pesa; ¡y ay de todo ser vivo que quisiera vivir sin disputar por el peso y por la balanza y por los que pesan!


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