Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Si este sublime se fatigase de su sublimidad: entonces comenzaría su belleza, – sólo entonces quiero yo gustarlo y encontrarlo sabroso.

Y sólo cuando se aparte de sí mismo saltará por encima de su propia sombra – y, ¡en verdad!, penetrará en su sol.

Demasiado tiempo ha estado sentado en la sombra, pálidas se le han puesto las mejillas al penitente del espíritu; casi murió de hambre a causa de sus esperas.

Desprecio hay todavía en sus ojos; y náusea se esconde en su boca[205]. Ahora reposa, ciertamente, pero su reposo no se ha tendido todavía al sol.

Debería hacer como el toro; y su felicidad debería oler a tierra y no a desprecio de la tierra.

Como un toro blanco quisiera yo verlo, resoplando y mugiendo mientras marcha delante del arado: ¡y su mugido debería alabar además todo lo terreno!

Oscuro es todavía su rostro; la sombra de la mano juega sobre él. Ensombrecido está todavía el sentido de sus ojos.

Su acción misma es todavía la sombra sobre él: la mano oscurece al que actúa. Aún no ha superado su acción.

Es verdad que yo amo en él la nuca de toro: mas ahora quiero ver también incluso los ojos de ángel.


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