Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Desde ahora brotarán siempre risas infantiles de los ataúdes; desde ahora un viento fuerte vencerá siempre a toda fatiga mortal: ¡de esto eres tú mismo para nosotros garante y adivino!

En verdad, con ellos mismos has soñado, con tus enemigos: ¡éste fue tu sueño más difícil!

Mas así como te despertaste de entre ellos y volviste en ti, así también ellos deben despertar de sí mismos – ¡y volver a ti!»[253]. –

Así dijo aquel discípulo; y todos los demás se arrimaron entonces a Zaratustra y le tomaron de las manos y querían persuadirle a que abandonase el lecho y la tristeza y retornase a ellos. Mas Zaratustra permaneció sentado en su lecho, rígido y con una mirada extraña. Como alguien que retorna a casa desde un remoto país extranjero, así miraba él a sus discípulos y examinaba sus rostros; y aún no los reconocía. Mas cuando ellos lo levantaron y lo pusieron en pie, he aquí que de repente sus ojos cambiaron; comprendió todo lo que había ocurrido, se acarició la barba y dijo con fuerte voz:

«¡Bien! Eso llegará en su momento; ahora procurad, discípulos míos, que comamos una buena comida, ¡y pronto! ¡Así pienso hacer penitencia por mis malos sueños!

Mas el adivino debe comer y beber a mi lado[254]: ¡y en verdad, quiero mostrarle todavía un mar en que puede ahogarse!».


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