Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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– para que algún día llegue a ser mi compañero de viaje y concree y concelebre las fiestas junto con Zaratustra[292] alguien que me escriba mi voluntad en mis tablas: para más plena consumación de todas las cosas.

Y por amor a él y a su igual tengo yo mismo que consumarme a mí: por ello me aparto ahora de mi felicidad y me ofrezco a toda infelicidad – para mi último examen y mi último conocimiento.

Y en verdad era llegado el tiempo de irme; y la sombra del caminante y el instante más largo y la hora más silenciosa – todos me decían: «¡Ya ha llegado la hora!»[293].

El viento me soplaba por el agujero de la cerradura y decía: «¡Ven!». La puerta se me abría arteramente y decía: «¡Ve!».

Mas yo yacía encadenado al amor de mis hijos: el ansia me tendía esos lazos, el ansia de amor, de llegar a ser presa de mis hijos y perderme en ellos.

Ansiar – esto significa ya para mí: haberme perdido. ¡Yo os tengo, hijos míos! En este tener, todo tiene que ser seguridad y nada tiene que ser ansiar.

Pero encobándome yacía sobre mí el sol de mi amor, en su propio jugo cocíase Zaratustra, – entonces sombras y dudas se alejaron volando por encima de mí.


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