Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Lo oigo y lo huelo: ha llegado la hora de su caza y de su procesión: no, ciertamente, la hora de una caza salvaje, sino de una caza mansa, tullida, husmeante y propia de gentes que andan sin ruido y rezan sin ruido, –

– de una caza para cazar gentes mojigatas y de mucha alma: ¡todas las ratoneras de corazones están ahora apostadas de nuevo! Y si levanto una cortina, allí se precipita fuera una mariposita nocturna.

¿Es que acaso estaba acurrucada allí con otra mariposita nocturna? Pues por todas partes siento el olor de pequeñas comunidades agazapadas; y donde existen conventículos, allí dentro hay nuevos rezadores y vaho de rezadores.

Durante largas noches se sientan unos junto a otros y dicen: «¡Hagámonos de nuevo como niños pequeños[328] y digamos “Dios mío”!» – con la cabeza y el estómago estropeados por los piadosos confiteros.

O contemplan durante largas noches una astuta y acechante araña crucera[329], que predica también astucia a las arañas y enseña así: «¡Bajo las cruces es bueno tejer la tela!».

O se sientan durante el día, con cañas de pescar, junto a ciénagas, y con ello se creen profundos; ¡mas a quien pesca allí donde no hay peces, yo ni siquiera lo llamo superficial!


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