Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra El hombre pequeño, sobre todo el poeta, – ¡con qué vehemencia acusa él a la vida con palabras! ¡Escuchadle, pero no dejéis de oír el placer que hay en todo acusar!
A esos acusadores de la vida: la vida los supera con un simple parpadeo. «¿Me amas?, dice la descarada; espera un poco, aún no tengo tiempo para ti».
El hombre es consigo el más cruel de los animales; y en todo lo que a sí mismo se llama «pecador» y dice que «lleva la cruz» y que es un «penitente», ¡no dejéis de oír la voluptuosidad que hay en ese lamentarse y acusar!
Yo mismo – ¿quiero ser con esto el acusador del hombre? Ay, animales míos, esto es lo único que he aprendido hasta ahora, que el hombre necesita, para sus mejores cosas, de lo peor que hay en él, –
– que todo lo peor es su mejor fuerza y la piedra más dura para el supremo creador; y que el hombre tiene que hacerse más bueno y más malvado: –
El leño de martirio a que yo estaba sujeto no era el que yo supiese: el hombre es malvado, – sino el que yo gritase como nadie ha gritado aún:
«¡Ay, qué pequeñas son incluso sus peores cosas! ¡Ay, qué pequeñas son incluso sus mejores cosas!».