Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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El gran hastío del hombre – él era el que me estrangulaba y el que se me había deslizado en la garganta: y lo que el adivino había profetizado: «Todo es igual, nada merece la pena, el saber estrangula»[420].

Un gran crepúsculo iba cojeando delante de mí, una tristeza mortalmente cansada, ebria de muerte, que hablaba con una boca bostezante.

«Eternamente retorna él, el hombre del que tú estás cansado, el hombre pequeño» – así bostezaba mi tristeza y arrastraba el pie y no podía adormecerse.

En una oquedad se transformó para mí la tierra de los hombres, su pecho se hundió, todo lo vivo convirtiose para mí en putrefacción humana y en huesos y en caduco pasado.

Mi suspirar estaba sentado sobre todos los sepulcros de los hombres y no podía ponerse de pie; mi suspirar y mi preguntar lanzaban presagios siniestros y estrangulaban y roían y se lamentaban día y noche:

– «¡Ay, el hombre retorna eternamente! ¡El hombre pequeño retorna eternamente!». –

Desnudos había visto yo en otro tiempo[421] a ambos, al hombre más grande y al hombre más pequeño: demasiado semejantes entre sí, – ¡demasiado humano incluso el más grande!


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