Asà habló Zaratustra
Asà habló Zaratustra ¡Demasiado pequeño el más grande! – ¡Éste era mi hastÃo del hombre! ¡Y el eterno retorno también del más pequeño! – ¡Éste era mi hastÃo de toda existencia!
Ay, ¡náusea!, ¡náusea!, ¡náusea! – – Asà habló Zaratustra, y suspiró y tembló; pues se acordaba de su enfermedad. Mas entonces sus animales no le dejaron seguir hablando.
«¡No sigas hablando, convaleciente! – asà le respondieron sus animales, sino sal afuera, adonde el mundo te aguarda como un jardÃn.
¡Sal afuera, a las rosas y a las abejas y a las bandadas de palomas! Y, sobre todo, a los pájaros cantores: ¡para que de ellos aprendas a cantar!
Cantar es, en efecto, cosa propia de convalecientes; al sano le gusta hablar. Y aun cuando también el sano quiere canciones, quiere, sin embargo, distintas canciones que el convaleciente».
– «¡Oh truhanes y organillos de manubrio, callad! – respondió Zaratustra y se sonrió de sus animales. ¡Qué bien sabéis el consuelo que inventé para mà durante siete dÃas!
El tener que cantar de nuevo – ése fue el consuelo que me inventé, y ésa mi curación: ¿queréis acaso vosotros hacer en seguida de ello una canción de organillo?».