Asà habló Zaratustra
Asà habló Zaratustra ¡El haber hablado de ofrendas, y de ofrendas de miel, fue sólo una argucia oratoria y, en verdad, una tonterÃa útil! Aquà arriba me es lÃcito hablar con mayor libertad que delante de cavernas de eremitas y de animales domésticos de eremitas.
¡Por qué hacer una ofrenda! Yo derrocho lo que se me regala, yo derrochador de las mil manos: ¡cómo me serÃa lÃcito llamar a esto todavÃa – hacer una ofrenda!
Y cuando yo pedÃa miel, lo que pedÃa era tan sólo un cebo y un dulce y viscoso almÃbar, al que son aficionados incluso los osos gruñones y los pájaros extraños, refunfuñadores, malvados:
– el mejor cebo, cual lo precisan cazadores y pescadores. Pues si el mundo es cual un oscuro bosque lleno de animales, y jardÃn de delicias de todos los cazadores furtivos, a mà me parece más bien, y aun mejor, un mar rico y lleno de abismos,
– un mar lleno de peces y cangrejos de todos los colores, que hasta los dioses sentirÃan deseos de hacerse pescadores en su orilla y echadores de redes: ¡tan abundante es el mundo en rarezas grandes y pequeñas!
Especialmente el mundo de los hombres, el mar de los hombres: – a él lanzo yo ahora mi caña de oro y digo: ¡ábrete, abismo del hombre!