Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Mira, ¿es que yo soy un perro?» – y en ese momento el sentado se levantó y sacó su brazo desnudo del pantano. Antes, en efecto, había estado tendido en el suelo, oculto e irreconocible, como quienes acechan la caza de los pantanos.

«¡Pero qué estás haciendo!, exclamó Zaratustra asustado, pues veía que por el desnudo brazo corría mucha sangre, – ¿qué te ha ocurrido? ¿Te ha mordido, desgraciado, un perverso animal?».

El que sangraba rió, aunque todavía estaba encolerizado. «¡Qué te importa!, dijo, y quiso marcharse. Aquí estoy en mi casa y en mis dominios. Pregúnteme quien quiera: a un majadero difícilmente le responderé».

«Te engañas, dijo Zaratustra compadecido, y lo retuvo, te engañas: aquí no estás en tu casa, sino en mi reino[466], y en él a nadie debe ocurrirle daño alguno.

Llámame como quieras, – yo soy el que tengo que ser. El nombre que me doy a mí mismo es Zaratustra.

¡Bien! Por ahí sube el camino que lleva hasta la caverna de Zaratustra: no está lejos, – ¿no quieres cuidar tus heridas en mi casa?

Mal te ha ido, desgraciado, en esta vida: primero te mordió el animal, y luego – ¡te pisó el hombre!». –


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