Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra Así cantó el mago; y todos los que se hallaban reunidos cayeron como pájaros, sin darse cuenta, en la red de su astuta y melancólica voluptuosidad. Sólo el concienzudo del espíritu no había quedado preso en ella: él le arrebató aprisa el arpa al mago y exclamó: «¡Aire! ¡Dejad entrar aire puro! ¡Haced entrar a Zaratustra! ¡Tú vuelves sofocante y venenosa esta caverna, tú, perverso mago viejo!
Con tu seducción llevas, falso, refinado, a deseos y selvas desconocidos. ¡Y ay cuando gentes como tú hablan de la verdad y la encarecen!
¡Ay de todos los espíritus libres que no se hallan en guardia contra tales magos! Perdida está su libertad: tú enseñas e induces a volver a prisiones, –
– tú viejo demonio melancólico, en tu lamento resuena un atractivo reclamo, ¡te pareces a aquéllos que con su alabanza de la castidad invitan secretamente a entregarse a voluptuosidades!».
Así habló el concienzudo; y el viejo mago miró a su alrededor, disfrutó de su victoria y se tragó, en razón de ella, el disgusto que el concienzudo le causaba. «¡Cállate!, dijo con voz modesta, las buenas canciones quieren tener buenos ecos; después de canciones buenas se debe callar durante largo tiempo.
Así hacen todos éstos, los hombres superiores. Mas sin duda tú has entendido poco de mi canción. Hay en ti poco de espíritu de magia».