Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra Tal alimento no es desde luego para niños, ni tampoco para viejecillas y jovenallas anhelantes. A éstas se les convencen las entrañas de otra manera; no soy yo su médico y maestro.
La náusea se retira de esos hombres superiores: ¡bien!, ésta es mi victoria. En mi reino se vuelven seguros, toda estúpida vergüenza huye, ellos se desahogan.
Desahogan su corazón, retornan a ellos las horas buenas, de nuevo se huelgan y rumian, – se vuelven agradecidos.
Esto lo considero como el mejor de los signos: el que se vuelvan agradecidos. Dentro de poco inventarán fiestas y levantarán monumentos en recuerdo de sus viejas alegrías.
¡Son convalecientes!». Así habló Zaratustra alegremente a su corazón, y miraba a lo lejos; mas sus animales se arrimaron a él y honraron su felicidad y su silencio[557].
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Mas de repente el oído de Zaratustra se asustó[558]: en efecto, la caverna, que hasta entonces estuvo llena de ruidos y de risas, quedó súbitamente envuelta en un silencio de muerte; – y su nariz olió un humo perfumado y un efluvio de incienso, como de piñas al arder.