Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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«¿Qué me ocurre?», pensó Zaratustra en su asombrado corazón, y lentamente dejose caer sobre la gran piedra que se hallaba junto a la salida de su caverna. Mientras movía las manos a su alrededor y encima y debajo de sí, y se defendía de los cariñosos pájaros, he aquí que le ocurrió algo aún más raro: su mano se posó, en efecto, de manera imprevista sobre una espesa y cálida melena y al mismo tiempo resonó delante de él un rugido, – un suave y prolongado rugido de león.

«El signo llega»[593], dijo Zaratustra, y su corazón se transformó. Y, en verdad, cuando se hizo claridad delante de él vio que a sus pies yacía un amarillo y poderoso animal, el cual estrechaba su cabeza entre sus rodillas y no quería apartarse de él a causa de su amor, y actuaba igual que un perro que vuelve a encontrar a su viejo dueño. Mas las palomas no eran menos vehementes en su amor que el león; y cada vez que una paloma se deslizaba sobre la nariz del león éste sacudía la cabeza y se maravillaba y reía de ello.






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