Ecce homo
Ecce homo «Esta doble serie de experiencias, este acceso a mundos aparentemente separados se repiten en mi naturaleza en todos los aspectos —yo soy mi propio doble, yo poseo también, además de la primera vista, la “segunda”. Y acaso incluso la tercera… Ya mi ascendencia me permite tener una mirada que va más allá de todas las perspectivas meramente locales, meramente nacionales, a mí no me cuesta ningún esfuerzo ser un “buen europeo”. Por otro lado, yo soy quizá más alemán que cuanto pudieran serlo los alemanes de ahora, simples alemanes del Reich— yo, el último alemán antipolítico. Y sin embargo, mis antepasados fueron aristócratas polacos: de ellos me vienen muchos instintos de raza que llevo en el cuerpo, y, ¿quién sabe?, incluso, en última instancia, el liberum veto. Si pienso en las muchas veces en que, yendo de viaje, otras personas, incluso polacos mismos, se han dirigido a mí tomándome por polaco y en las pocas veces en que se me toma por alemán, podría parecer que yo soy uno de esos alemanes que de tales no tienen más que salpicaduras. Pero mi madre, Franziska Oehler, es, de todos modos, algo muy alemán; y también mi abuela paterna, Erdmuthe Krause. Esta última pasó toda su juventud en el buen Weimar de los viejos tiempos y no le faltaron relaciones con el círculo de Goethe. Su hermano, el Krause catedrático de teología en Konigsberg, fue llamado a Weimar como superintendente general al morir Herder. No es imposible que su madre, mi bisabuela, sea la que aparece en el diario del joven Goethe con el nombre de “Muthgen”. Se casó por segunda vez con el superintendente Nietzsche, de Eilenburg; dio a luz el 10 de octubre de 1813, es decir, en el mismo día del año de la gran guerra en que Napoleón entró en Eilenburg con su Estado Mayor. Por ser sajona, era una gran admiradora de Napoleón; podría ocurrir que también yo continuase siéndolo. Mi padre, nacido en 1813, murió en 1849. Antes de hacerse cargo de la parroquia de Röcken, junto a la de Lützen, vivió algunos años en el castillo de Altenburgo, siendo allí preceptor de las cuatro princesas. Sus alumnas son la reina de Hannover, la gran princesa Constantina, la gran duquesa de Oldenburg y la princesa Therese de Sajonia-Altenburgo. Estaba lleno de profunda devoción por el rey de Prusia Federico Guillermo IV, el cual le había otorgado también la parroquia; los acontecimientos de 1848 lo entristecieron sobremanera. Yo mismo, nacido el día del cumpleaños del citado rey, el 15 de octubre, recibí, como es obvio, los nombres Federico Guillermo, usados por los Hohenzollern. Una ventaja tenía en todo caso la elección de aquel día: durante toda mi niñez mi cumpleaños fue día festivo. Considero un gran privilegio el haber tenido tal padre: incluso me parece que ello explica todos los demás privilegios que poseo — excepto la vida, el gran sí a la vida. Sobre todo, el que para entrar inadvertidamente en un mundo de cosas altas y delicadas no me sea necesario proponérmelo, sino meramente aguardar: en ese mundo yo me siento como en mi casa, sólo en él se vuelve libre mi pasión más íntima. El que yo haya pagado este privilegio casi con la vida no es, desde luego, un mal negocio. —Para poder entender aunque sólo sea algo de mi Zaratustra acaso resulte necesario encontrarse en condiciones análogas a las mías— estar con un pie más allá de la vida…». <<