Ecce homo
Ecce homo Para otros, en cambio, este escrito es también una cumbre; pero una cumbre de petulancia, de desmedido orgullo, una impudicia, algo que no puede leerse sin sentir repugnancia a cada frase, a cada palabra. El señor Nietzsche, piensan éstos, quiere decirnos quién es él, para que no lo confundamos con otros. Muy bien, estamos dispuestos a escucharle. Pero ¿por qué habla tan alto, por qué nos atruena los oídos con sus gritos, con sus exclamaciones, con sus insultos? ¿Qué nos importan a nosotros sus pequeñeces, sus tonterías? ¿Es tan decisivo que sepamos que el alcohol le sienta mal y que «un vaso de vino o de cerveza al día basta para hacer de mi (su) vida un valle de lágrimas»? ¿A qué viene decirnos que en climas calurosos «el té es desaconsejable como primera bebida del día y se debe comenzar una hora antes con una taza de chocolate espeso y desgrasado»? El señor Nietzsche cree que sus antecesores fueron aristócratas polacos; por nuestra parte, puede creerlo. Pero ¿por qué lo repite tantas veces? Y ¿por qué lanza tanto cieno sobre Alemania y los alemanes? ¿Está resentido el señor Nietzsche, él, que tanto habla de resentimiento? Basta, basta; dejemos el libro; perdonemos; en realidad sólo ha podido ser escrito por un «loco», o, seamos más benignos, por alguien que se encontraba «al borde de la locura».
