El crepusculo de los idolos

El crepusculo de los idolos

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Finalmente, contrapongamos de qué distinto modo abordamos nosotros (digo «nosotros» por cortesía…) el problema del error y de la apariencia. Antes se tomaba la modificación, el cambio, el devenir en general, como prueba de la apariencia, como señal de que en ellos tenía que haber algo que nos engaña. Hoy, a la inversa, exactamente en la misma medida en que el prejuicio de la razón nos fuerza a poner unidad, identidad, persistencia, sustancia, causa, coseidad, ser, nos vemos en cierto modo enredados en el error, necesitados al error, por seguros que estemos en nuestro interior, con base en una consideración rigurosa, de que el error está ahí. No sucede otra cosa con los movimientos del astro rey: en su caso, el error tiene a nuestros ojos como permanente abogado, y aquí al lenguaje. El lenguaje pertenece por su surgimiento a la época de la más rudimentaria forma de psicología: entramos en un grosero fetichismo cuando cobramos consciencia de los presupuestos básicos de la metafísica lingüística, o, dicho con más claridad, de la razón. Esto ve por todas partes actores y acciones: cree sencillamente en la voluntad como causa; cree en el «yo», en el yo como ser, en el yo como sustancia, y proyecta la fe en el yo-sustancia en todas las cosas, y con ello crea el concepto de «cosa»… El pensamiento introduce el ser por todas partes como causa, lo introduce subrepticiamente; de la concepción «yo» se sigue, como derivado de ella, el concepto de «ser»… Al principio está el gran y fatídico error de que la voluntad es algo que actúa, de que la voluntad es una facultad… Hoy sabemos que es meramente una palabra… Muchísimo más tarde, en un mundo mil veces más ilustrado, los filósofos cobraron consciencia con sorpresa de la seguridad, de la certidumbre subjetiva en el manejo de las categorías de la razón: concluyeron que estas últimas no podían proceder de la experiencia, pues no en vano, pensaban, toda la experiencia está en contradicción con ellas. ¿Entonces, de dónde proceden? Y tanto en la India como en Grecia se cometió el mismo yerro: «Es preciso que hayamos tenido alguna vez nuestra casa en un mundo más alto (¡en vez de en uno mucho más bajo, que es lo que habría sido ver dad!), ¡tenemos que haber sido divinos, puesto que poseemos la razón!»… De hecho, nada ha tenido hasta ahora una fuerza persuasiva más ingenua que el error del ser, tal y como fue formulado, por ejemplo, por los eleáticos: ¡tiene a su favor toda palabra, toda frase que pronunciemos! También los adversarios de los eleáticos sucumbieron a la seducción de su concepto de ser: Demócrito entre otros, cuando inventó su átomo… La «razón» en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra estafadora! Me temo que no nos libraremos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker