El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos La otra idiosincrasia de los filósofos es no menos peligrosa: consiste en confundir lo último y lo primero. Ponen lo que viene al final —¡por desgracia!, pues ¡no deberÃa venir en modo alguno!—, los «conceptos más altos», es decir, los conceptos más universales, los más vacÃos, el último humo de la realidad que se evapora, al comienzo en calidad de comienzo. De nuevo esto no es más que expresión de su manera de venerar: lo más alto no es lÃcito que surja de lo más bajo, no es lÃcito siquiera que haya surgido… Moraleja: todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui[17]. La procedencia desde otra cosa distinta se considera como objeción, como puesta en duda del valor. Todos los valores supremos son de primer rango, todos los conceptos más altos, el ente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto: todo esto no puede haber llegado a ser, y en consecuencia tiene que ser causa sui. Pero todas estas cosas tampoco pueden ser desiguales entre sÃ, no pueden estar en contradicción consigo mismas… Con ello tienen su pasmoso concepto de «Dios»… Lo último, más flaco, más vacÃo, se coloca como lo primero, como causa en sÃ, como ens realissimum… ¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales de estos enfermos urdidores de telas de araña! ¡Y lo ha pagado caro!…
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