El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos ¡Y qué finos instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! La nariz, por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado aún con veneración y agradecimiento, es incluso por el momento el instrumento más sensible del que disponemos: puede constatar diferencias de movimiento incluso mínimas, que ni siquiera el espectroscopio constata. En la actualidad poseemos ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos, en la medida en que aprendimos a aguzarlos más y a armarlos, y a pensarlos hasta el final. El resto es engendro y todavía no-ciencia: es decir, metafísica, teología, psicología, teoría del conocimiento. O bien ciencia formal, semiótica: como la lógica, y esa lógica aplicada, las matemáticas. En ellas la realidad no comparece en modo alguno, ni siquiera como problema; igual de poco que la cuestión de qué valor posee, si es que posee alguno, esa convención de signos en la que consiste la lógica.
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