El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos La espiritualización de la sensualidad se llama amor: es un gran triunfo sobre el cristianismo. Otro triunfo es nuestra espiritualización de la enemistad. Consiste en comprender profundamente el valor que tiene tener enemigos: dicho brevemente, en hacer y deducir a la inversa de como se hacÃa y deducÃa antes. La Iglesia querÃa en todas las épocas la aniquilación de sus enemigos: nosotros, nosotros los inmoralistas y anticristos, vemos que nos beneficia que la Iglesia subsista… También en lo polÃtico se ha vuelto ahora la enemistad más espiritual, mucho más prudente, mucho más reflexiva, mucho más considerada. Casi todo partido comprende que va en interés de su autoconservación que el partido contrario no pierda fuerza; lo mismo se puede decir de la gran polÃtica. Sobre todo una nueva creación, el nuevo Reich por ejemplo, tiene más necesidad de enemigos que de amigos: solo en la contraposición se siente necesario, solo en la contraposición deviene necesario… No de otro modo nos conducimos contra el «enemigo interior»: también ahà hemos espiritualizado la enemistad, también ahà hemos comprendido su valor. Solamente se es fecundo al precio de ser rico en contraposiciones; solamente se permanece joven a condición de que el alma no se rinda, no apetezca la paz… Nada se nos ha vuelto más ajeno que aquella deseabilidad de antes, la de la «paz del alma», la deseabilidad cristiana; nada nos da menos envidia que la vaca moral y la pingüe felicidad de la buena conciencia. Se ha renunciado a la vida grande cuando se renuncia a la guerra… Ciertamente, en muchos casos la «paz del alma» es meramente un malentendido, una cosa distinta que únicamente no sabe denominarse con más honradez. Sin rodeos ni prejuicios, un par de casos. «Paz del alma» puede ser, por ejemplo, la suave irradiación en lo moral (o religioso) de una rica animalidad. O el comienzo del cansancio, la primera sombra que arroja el atardecer, todo tipo de atardecer. O una señal de que el aire está cargado de humedad, de que se están levantando vientos del sur. O el agradecimiento, en contra de lo que se sabe, por una feliz digestión (en ocasiones denominado «filantropÃa»). O el aquietarse del convaleciente, para el que todas las cosas tienen un sabor nuevo, y que espera… O bien el estado que sigue a una fuerte satisfacción de nuestra pasión dominante, la sensación de bienestar de una rara hartura. O la debilidad senil de nuestra voluntad, de nuestros apetitos, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida por la vanidad a maquillarse moralmente. O la aparición de una certidumbre, incluso de una terrible certidumbre, tras una larga tensión y un largo martirio por la incertidumbre. O la expresión de la madurez y de la maestrÃa en mitad del obrar, hacer, producir, querer, la respiración tranquila, la «libertad de la voluntad» alcanzada… Crepúsculo de los Ãdolos: ¿quién sabe?, quizá solo sea una especie de «paz del alma»…