El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos Todo el sistema educativo superior en Alemania ha perdido lo principal: el fin tanto como el medio para el fin. Que la educación, la formación es un fin en sí mismo —y no «el Reich»— que para ese fin se necesita el educador, y no el profesor de instituto de Bachillerato y el erudito de la Universidad: esto se ha olvidado… Hacen falta educadores que estén educados ellos mismos, espíritus superiores, nobles, probados en cualquier instante, probados por la palabra y el silencio, culturas maduras, que se hayan puesto dulces, y no los patanes eruditos que el instituto de Bachillerato y la Universidad presentan hoy a la juventud como «amas de cría superiores». Faltan los educadores, salvo las excepciones de las excepciones, la primera condición previa de la educación: de ahí la decadencia de la cultura alemana. Una de esas rarísimas excepciones es mi venerable amigo de Basilea Jakob Burckhardt: a él es al primero al que debe Basilea su primacía en humanidad. Lo que las «escuelas superiores» de Alemania consiguen realmente es un amaestramiento brutal destinado a hacer, con la menor pérdida de tiempo posible, a un sinnúmero de hombres jóvenes útiles, utilizables para el servicio al Estado. «Educación superior» y sinnúmero: estas dos cosas se contradicen mutuamente de antemano. Toda educación superior pertenece solamente a la excepción: hay que ser un privilegiado para tener derecho a un privilegio tan alto. Ninguna cosa grande y bella puede ser nunca un bien de todos: pulchrum est paucorum hominum[26]. ¿Cuál es la causa de la decadencia de la cultura alemana? Que la «educación superior» ya no es un privilegio, el democratismo de la formación «generalizada» y por tanto vulgar[27]… Y no se olvide que los privilegios militares fuerzan literalmente a la excesiva matriculación en las escuelas superiores, es decir, a su hundimiento. En la Alemania actual ya nadie es libre de dar a sus hijos una educación noble: nuestras escuelas «superiores» están todas ellas orientadas a la más ambigua medianía, en profesores, en planes docentes, en objetivos docentes. Y en todas partes predomina una indecente prisa, como si se estuviese perdiendo algo si el joven de 23 años todavía no hubiese «terminado», todavía no supiese dar una respuesta a la «principal pregunta»: ¿qué profesión? Un tipo superior de hombre, permítaseme decirlo, no ama las «profesiones», precisamente porque se sabe llamado[28]… Tiene tiempo, se toma su tiempo, no piensa en modo alguno en «terminar»: a los treinta años se es, en el sentido de la alta cultura, un principiante, un niño. Nuestros institutos de Bachillerato llenos a rebosar, nuestros profesores de Instituto desbordados, obligados a entontecerse, son un escándalo: para proteger esta situación, como han hecho recientemente los catedráticos de Heidelberg, puede que se tengan causas, pero para ello no existen razones.