El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos Hágase un cálculo: no solo resulta palmario que la cultura alemana va para abajo, sino que tampoco falta una razón suficiente de ello. En último término, nadie puede gastar más de lo que tiene; esto es aplicable a los individuos, y no menos aplicable a los pueblos. Si uno gasta en poder, en gran política, en economía, comercio mundial, parlamentarismo, intereses militares todo lo que tiene; si gasta por ése lado cuanto entendimiento, seriedad, voluntad, autosuperación él es, por el otro lado le faltará. La cultura y el Estado —que nadie se engañe— son antagonistas: «Estado de cultura» no es más que una idea moderna. Lo uno vive de lo otro, lo uno prospera a expensas de lo otro. Todas las grandes épocas de la cultura son políticamente épocas de decadencia: lo que es grande en el sentido de la cultura era apolítico, antipolítico incluso. A Goethe se le alegró el corazón con el fenómeno Napoleón, y se le entristeció con las «guerras de liberación»… En el mismo instante en que Alemania surge como gran potencia, Francia gana como potencia cultural una importancia distinta. Ya hoy se ha trasladado a París mucha nueva seriedad, mucha nueva pasión del espíritu; la cuestión del pesimismo, por ejemplo, la cuestión Wagner, casi todas las cuestiones psicológicas y artísticas se consideran allí incomparablemente con más finura y más a fondo que en Alemania: los alemanes son incluso incapaces de ese tipo de seriedad. En la historia de la cultura europea el surgimiento del «Reich» significa sobe todo una cosa: un desplazamiento del centro de gravedad. Se sabe ya por doquier: en lo principal —que sigue siendo la cultura— los alemanes ya no entran en consideración. Se pregunta: ¿podéis mostrar aunque solo sea un espíritu que cuente para Europa?, ¿que cuente como lo hacían vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Heinrich Heine, vuestro Schopenhauer? De que ya no haya ni un solo filósofo alemán: de esto empezamos y no terminamos de asombrarnos.