El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos A las personas póstumas —a mÃ, por ejemplo— se las entiende peor que a las que son conformes a su tiempo, pero se las oye mejor. O, dicho con más rigor: no se nos entiende nunca, y de ahà nuestra autoridad…
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Entre mujeres.— «¿La verdad? ¡Oh, usted, no la conoce! ¿No es un atentado a todos nuestros pudeurs[5]?».
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Es un artista como los que a mà gustan, modesto en sus necesidades: en realidad, solo quiere dos cosas, su pan y su arte, panem et Circen[6]…
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Quien no sabe poner su voluntad en las cosas, introduce en ellas al menos un sentido: es decir, cree que ya hay en ellas una voluntad (principio de la «fe»).
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¿Cómo?, ¿elegirÃais la virtud y el pecho elevado, y al mismo tiempo miráis de reojo las ventajas de quienes carecen de escrúpulos? Pero con la virtud se renuncia a las «ventajas»… (dicho a un antisemita a la puerta de su casa).
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La perfecta mujer comete literatura igual que comete un pequeño pecado: para probar, de pasada, mirando alrededor de ella para ver si alguien lo nota y que alguien lo nota…
