El Nacimiento De La Tragedia
El Nacimiento De La Tragedia Volviendo de estos tonos exhortatorios al estado de ánimo que conviene al hombre contemplativo, repito que sólo de los griegos se puede aprender qué es lo que semejante despertar milagroso y súbito de la tragedia ha de significar para el fondo vital más Ãntimo de un pueblo. El pueblo de los Misterios trágicos es el que libra las batallas contra los persas: y, a su vez, el pueblo que ha mantenido esas guerras necesita la tragedia como bebida curativa necesaria. ¿Quién iba a suponer que cabalmente en ese pueblo habrÃa todavÃa una efusión tan equilibrada y vigorosa del sentimiento polÃtico más simple, de los instintos naturales de la patria, del espÃritu guerrero originario y varonil, después de que a lo largo de varias generaciones habÃa sido agitado hasta lo más Ãntimo por las fortÃsimas convulsiones del demón dionisÃaco? Pues asà como cuando hay una propagación importante de excitaciones dionisÃacas se puede siempre advertir que la liberación dionisÃaca de las cadenas del individuo se manifiesta ante todo en un menoscabo, que llega hasta la indiferencia, más aún, hasta la hostilidad, de los instintos polÃticos, igualmente es cierto, por otro lado, que el Apolo formador de estados es también el genio del principium individuationis, y que ni el Estado ni el sentimiento de la patria pueden vivir sin afirmación de la personalidad individual. Para salir del orgiasmo no hay, para un pueblo, más que un único camino, el camino que lleva al budismo indio, el cual, para ser soportado en su anhelo de hundirse en la nada, necesita de esos raros estados extáticos que alzan las cosas por encima del espacio, del tiempo y del individuo: de igual manera que esos estados exigen, a su vez, una filosofÃa que enseñe a superar con una representación el displacer indescriptible de los estados intermedios. De manera igualmente necesaria, un pueblo, a partir de una vigencia incondicional de los instintos polÃticos, cae en una vÃa de mundanización extrema, cuya expresión más grandiosa, pero también más horrorosa, es el imperium romano.