El Nacimiento De La Tragedia
El Nacimiento De La Tragedia No precisamos, en cambio, hablar sólo con conjeturas cuando se trata de poner al descubierto el abismo enorme que separa a los griegos dionisÃacos de los bárbaros dionisÃacos. En todos los confines del mundo antiguo —para dejar aquà de lado el mundo moderno—, desde Roma hasta Babilonia, podemos demostrar la existencia de festividades dionisÃacas, cuyo tipo, en el mejor de los casos, mantiene con el tipo de las griegas la misma relación que el sátiro barbudo, al que el macho cabrÃo prestó su nombre y sus atributos[48], mantiene con Dioniso mismo. Casi en todos los sitios la parte central de esas festividades consistÃa en un desbordante desenfreno sexual, cuyas olas pasaban por encima de toda institución familiar y de sus estatutos venerables; aquà eran desencadenadas precisamente las bestias más salvajes de la naturaleza, hasta llegar a aquella atroz mezcolanza de voluptuosidad y crueldad que a mà me ha parecido siempre el auténtico «bebedizo de las brujas». Contra las febriles emociones de esas festividades, cuyo conocimiento penetraba hasta los griegos por todos los caminos de la tierra y de la mar, éstos, durante algún tiempo, estuvieron completamente asegurados y protegidos, según parece, por la figura, que aquà se yergue en todo su orgullo, de Apolo, el cual no podÃa oponer la cabeza de Medusa[49] a ningún poder más peligroso que a ese poder dionisÃaco, grotescamente descomunal. En al arte dórico ha quedado, eternizada esa actitud de mayestática repulsa de Apolo. Más dificultosa e incluso imposible se hizo esa resistencia cuando desde la raÃz más honda de lo helénico se abrieron paso finalmente instintos similares: ahora la actuación del dios délfico se limitó a quitar de las manos de su poderoso adversario, mediante una reconciliación concertada a tiempo, sus aniquiladoras armas. Esta reconciliación es el momento más importante en la historia del culto griego: a cualquier lugar que se mire, sin visibles las revoluciones provocadas por ese acontecimiento. Fue la reconciliación de dos adversarios, con determinación nÃtida de sus lÃneas fronterizas, que de ahora en adelante tenÃan que ser respetadas, y con envÃo periódico de regalos honorÃficos; en el fondo, el abismo no habÃa quedado salvado. Mas si nos fijamos en el modo como el poder dionisÃaco se reveló bajo la presión de ese tratado de paz, nos daremos cuenta ahora de que, en comparación con aquellos saces babilónicos y su regresión desde el ser humano al tigre y al mono, las orgÃas dionisÃacas de los griegos tienen el significado de festividades de redención del mundo y de dÃas de transfiguración. Sólo en ellas alcanza la naturaleza su júbilo artÃstico, sólo en ellas el desgarramiento del principium individuationis se convierte en un fenómeno artÃstico. Aquel repugnante bebedizo de brujas hecho de voluptuosidad y crueldad carecÃa aquà de fuerza: sólo la milagrosa mezcla y duplicidad de afectos de los entusiastas dionisÃacos recuerdan aquel bebedizo —como las medicinas nos traen a la memoria los venenos mortales—, aquel fenómeno de que los dolores susciten placer, de que el júbilo arranque al pecho sonidos atormentados. En la alegrÃa más alta resuenan el grito del espanto o el lamento nostálgico por una pérdida insustituible. En aquellas festividades griegas prorrumpe, por asà decirlo, un rasgo sentimental de la naturaleza, como si ésta hubiera de sollozar por su despedazamiento en individuos. El canto y el lenguaje mÃmico de estos entusiastas de dobles sentimientos fueron para el mundo de la Grecia de Homero algo nuevo e inaudito: y en especial prodújole horror y espanto a ese mundo la música dionisÃaca. Si bien, según parece, la música era conocida ya como un arte apolÃneo, lo era, hablando con rigor, tan sólo como oleaje del ritmo, cuya fuerza figurativa fue desarrollada hasta convertirla en exposición de estados apolÃneos. La música de Apolo era arquitectura dórica en sonidos, pero en sonidos sólo insinuados, como son los propios de la cÃtara. Cuidadosamente se mantuvo apartado, como no-apolÃneo, justo el elemento que constituye el carácter de la música dionisÃaca y, por tanto, de la música como tal, la violencia estremecedora del sonido, la corriente unitaria de la melodÃa[50] y el mundo completamente incomparable de la armonÃa. En el ditirambo dionisÃaco[51] el hombre es estimulado hasta la intensificación máxima de todas sus capacidades simbólicas; algo jamás sentido aspira a exteriorizarse, la aniquilación del velo de Maya, la unidad como genio de la especie, más aún, de la naturaleza. Ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de sÃmbolos, por lo pronto el simbolismo corporal entero, no sólo el simbolismo de la boca, del rostro, de la palabra, sino el gesto pleno del baile, que mueve rÃtmicamente todos los miembros. Además, de repente las otras fuerzas simbólicas, las de la música, crecen impetuosamente, en forma de rÃtmica, dinámica y armonÃa. Para captar ese desencadenamiento global de todas las fuerzas simbólicas el ser humano tiene que haber llegado ya a aquella cumbre de autoalienación que quiere expresarse simbólicamente en aquellas fuerzas; el servidor ditirámbico de Dioniso es entendido, pues, tan sólo por sus iguales. ¡Con qué estupor tuvo que mirarle el griego apolÃneo! Con un estupor que era tanto mayor cuanto que con él se mezclaba el terror de que en realidad todo aquello no le era tan extraño a él, más aún, de que su consciencia apolÃnea le ocultaba ese mundo dionisÃaco sólo como un velo.