Humano, demasiado humano

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DOBLE LUCHA CONTRA EL MAL.— Cuando un mal nos aflige, podemos librarnos de él, o bien suprimiendo la causa, o bien modificando el efecto que produce nuestra sensibilidad, hasta por un cambio del mal en un bien, cuya utilidad revelará más tarde. La religión y el arte (así como la filosofía metafísica), se esfuerza en provocar el cambio de sensación, sea por el cambio de nuestro juicio sobre los hechos de nuestra vida (por ejemplo, valiéndose del principio de Dios castiga lo que ama), sea sacando el placer del dolor mismo, despertando la emoción general (que es lo que el arte trágico toma como punto de partida). Cuando mayor sea la inclinación de un individuo a interpretar y justificar, menor todavía será el mal que atribuye a las causas del mal y menos las evitará: el alivio y la anestesia momentáneos —como se hace con el dolor de muelas— le bastan aún en los sufrimientos más graves. Cuanto más terreno pierde el imperio de las religiones y de todas las artes de narcotismo, con mayor empeño se proponen los hombres la supresión completa de los males, lo que sienta deplorablemente por cierto a los poetas trágicos, puesto que así encuentran menos amplio el dominio del destino despiadado e inevitable; pero mucho peor sienta a los sacerdotes que han vivido hasta aquí del amodorramiento de los males humanos.

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