Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Toda religión ha nacido de la inquietud y de la necesidad, y se ha insinuado en la existencia apoyándose en los errores; alguna vez quizá, puesta en peligro por la ciencia, introduce por mentira en su sistema una teoría filosófica, a fin de que se la encuentre más tarde establecida, pero esto es una habilidad de teólogos, es decir, emanada de un tiempo en que una religión duda ya de sí misma. Esos acontecimientos de la teología, que a la verdad han sido hechos ventajosamente en el cristianismo religión de una edad erudita, penetrada en la filosofía, han conducido a su superstición del sensus allegoricus; pero más que ellos, la costumbre de los filósofos (especialmente de los filósofos anfibios, filósofos, poetas y artistas filosóficos), de tratar de manera general todos los sentimientos que se encontraban en sí mismos como esencia fundamental del hombre, y de atribuir así a sus propios sentimientos religiosos una influencia considerable sobre la construcción de sus sistemas. Como los filósofos filosofaban más de una vez bajo la influencia tradicional de los hábitos religiosos, o por lo menos bajo el imperio de la famosa «necesidad metafísica», llegaban a opiniones teóricas que tenían en efecto con las opiniones religiosas, judías o cristianas o indias gran semejanza —como pasa con los niños y sus madres—, salvo que en este caso, los padres no se explican claramente cómo pueda suceder aquello; pero en la inocencia de su admiración, inventaban fábulas sobre el parecido familiar de la religión y la ciencia. En realidad, no existen entre las religiones y la ciencia ni parentesco, ni amistad, ni enemistad siquiera: viven en planetas diferentes. Toda la filosofía, que abre campo, en la obscuridad de sus miras últimas, al brillo de la cola de un cometa religioso, hace sospechoso todo lo que propone como ciencia: eso corresponde a la religión, aunque bajo el disfraz de la ciencia. Hay más: si todos los pueblos se hallaran de acuerdo sobre ciertas materias religiosas, por ejemplo, en la existencia de Dios (lo que, entre paréntesis, no es verdad en especie), esto sería un argumento contra las materias afirmadas, por ejemplo, la existencia de Dios; el consensum gentium, y generalmente hominum, no puede equitativamente servir de garantía más que a una torpeza. Por el contrario, no existe el consensus omnium sapientium, relativamente a una sola materia, salvo la excepción de que hablan los versos de Goethe: