Humano, demasiado humano

Humano, demasiado humano

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Cuando un hombre tira del arco, hay siempre cerca de él una mano y una fuerza racional; las fuentes brotan repentinamente, se piensa desde luego en los demonios subterráneos y en sus artificios; debe ser la flecha de un dios, bajo cuya acción invisible un hombre cae inesperadamente. En las Indias, todos los carpinteros tienen, según Lubbock, la costumbre de ofrecer sacrificios al martillo, al hacha y a los demás utensilios que emplean; un brahmán trata del mismo modo la caña con que escribe, un soldado las armas que emplea en campa, un albañil la llama, un labrador el arado. Toda la Naturaleza es, para los hombres religiosos, un total de actos de seres conscientes, un enorme conjunto de caprichos. No hay lugar a ninguna conclusión sobre que algo sea de tal o cual manera, deba llegar de tal o cual manera; lo que existe casi seguro, lo que es objeto de cálculo somos nosotros; el hombre es la regla, la Naturaleza la ausencia de la regla; esta proposición encierra la convicción fundamental que domina las antiguas civilizaciones groseras, productoras en religión. Nosotros, hombres de hoy, sentimos lo contrario; cuando más rico se siente el hombre interiormente, más polífona se hace la música y el ruido de su alma, más poderosamente actúa sobre él la unidad de la Naturaleza; todos reconocemos con Goethe en la Naturaleza el gran medio de equilibrio para las almas modernas; oímos el martilleo del péndulo, de ese gran reloj con aspiración al descanso, al recogimiento y a la calma, como si pudiéramos embebernos en esta unidad, y por ella solamente llegar al gozo de nosotros mismos. En otro tiempo pasaba lo contrario: si pensamos en los estados groseros y primitivos de los pueblos, o si vemos de cerca los salvajes actuales, los encontramos determinados de la manera más fuerte por la ley, la tradición; el individuo está ahí encadenado casi automáticamente y se mueve con la regularidad de un péndulo. Para él la Naturaleza —la inconcebible, la terrible, la misteriosa Naturaleza— debe aparecer como imperio de la libertad, lo arbitrario, el poder superior, absolutamente como un grado del ser más elevado que el hombre, como Dios. Pero entonces cada individuo, en los tiempos y en los estados semejantes, siente que su existencia, su dicha, la de su familia, la del Estado, el éxito de todas las empresas depende de los caprichos de la Naturaleza; algunos fenómenos naturales deben producirse en tiempo oportuno, otros cesar en tiempo oportuno también. ¿Cómo ejercer influencia sobre estos horrores desconocidos, como ligarlos al imperio de la libertad? He aquí lo que se pregunta uno, lo que busca ansiosamente: ¿no existen, pues, medios para regular estos poderes por una tradición y una ley? La reflexión de los hombres que creen en la magia y en el milagro, tiende a imponer una ley a la Naturaleza, y para hablar brevemente, el culto religioso es el resultado de esta reflexión. El problema que estos hombres se proponen, está emparentado con este otro: «Cómo la raza más débil puede dictar, no obstante, leyes a la más fuerte, y dirigir sus acciones en relación a la más débil». Pensará uno desde luego en este dominio que se ejerce cuando se ha ganado la simpatía de alguno. Con súplicas y plegarias, con la sumisión, con la obligación por medio de presentes y ofrendas regulares, con celebraciones lisonjeras, es posible también ejercer cierta violencia, cierta presión sobre las potencias de la Naturaleza, una vez que se haya captado su simpatía: el amor encadena y es encadenado.


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