Humano, demasiado humano

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Todas estas relaciones mágicas con la Naturaleza dan origen a innumerables ceremonias, y por fin, cuando se ha hecho demasiado barullo, se esfuerza uno por ordenarlas, sistematizarlas, de manera que cree asegurarse la marcha favorable de la Naturaleza, especialmente de la gran revolución anual, por la marcha correspondiente de un sistema de procedimiento. El sentido del culto religioso es determinar y alistar la Naturaleza en provecho del hombre; por consiguiente, imprimirle un carácter de legalidad que no tiene de antemano, mientras que en la época actual es la legalidad de la Naturaleza la que se quiere conocer para penetrar en ella. En una palabra, el culto religioso descansa en las ideas de encantamiento de hombre a hombre, y el encantador es más antiguo que el sacerdote. Pero descansa también en otras ideas más puras; supone las relaciones simpáticas de hombre a hombre, la existencia de la benevolencia, del reconocimiento, de la audiencia concedida a los que suplican, los contratos entre enemigos, la prestación de garantías, el derecho a la protección de la propiedad. El hombre, aun en grados muy inferiores de civilización, no se halla frente a frente de la Naturaleza en la situación de un débil esclavo, no es el servidor pasivo en el grado griego de religión; principalmente en lo que se refiere a las relaciones con los dioses olímpicos, se debe pensar en la existencia común de dos castas: una, más noble, más poderosa; la otra, menos noble, pero ambas correspondiéndose en cierto modo por su origen, que son de una sola especie; no tienen por qué sonrojarse la una de la otra. En esto consiste la nobleza de la religiosidad griega.


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