Humano, demasiado humano

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Si, pues, el cristiano, como he dicho, ha llegado al sentimiento del menosprecio de sí mismo por algunos errores, por una falsa explicación de sí mismo por algunos errores, por una falsa explicación anticientífica de sus acciones y de sus sentimientos, debe notar con extrema admiración cómo este estado de desprecio, de remordimiento de conciencia, de disgusto en general, no subsiste; cómo oportunamente llegan horas en que todo esto ha huido del alma y uno se siente de nuevo libre y valeroso. Es el contento de sí mismo, el bienestar por su propia fuerza, de acuerdo con el debilitamiento consiguiente a toda excitación profunda y duradera, quien ha conseguido la victoria: el hombre se ama de nuevo, lo siente; pero precisamente ese amor nuevo, esa nueva estimación de sí, le parece increíble, no puede ver en ella más que el descenso, absolutamente inmerecido, de un rayo de la gracia de arriba. Si antes creía percibir en todas las impresiones, advertencias, amenazas, castigos y toda clase de manifestaciones de las iras divinas, se da ahora una nueva interpretación de todo aquello, dando acceso en sus pruebas a la bondad divina: tal suceso se le presenta amable; tal otro como indicación de remedio; así un tercero, y finalmente, toda su disposición alegre, tranquila, como prueba de que Dios es generoso. Del mismo modo que antes, sobre todo en el estado de disgusto, encontraba falsa explicación a sus acciones, así ahora la encuentra de sus impresiones. Su disposición consolada es conocida para él como el efecto de un poder reinante fuera de él; el amor con el cual se ama a sí mismo le parece un amor divino; lo que llama gracia y preludio de la redención es, en realidad, gracia hacia sí mismo, redención propia.


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