Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Antes de representarnos esta situación en sus consecuencias ulteriores, confesémonos que el hombre no llegó a tal situación por su «pecado», sino por una serie de errores de la razón. Primeramente, un ser que fuera capaz de acciones libres de todo egoísmo es más fabuloso todavía que el ave fénix, puesto que toda idea de «acción no egoísta» se desvanece ante su análisis exacto. Jamás hombre alguno ha hecho nada exclusivamente para los demás y sin ningún móvil personal. Más todavía: ¿cómo podría hacer algo sin relación a él, y por lo tanto, sin una necesidad interior (que debe tener su fundamento en una necesidad personal)? ¿Cómo el ego podría obrar sin ego? Un Dios que es todo amor, tal como se le acepta en ocasiones, no sería, por el contrario, capaz de ninguna acción no egoísta: a este respecto deberíamos acordarnos de un pensamiento de Lichtemberg, tomado, es verdad, de una esfera más humilde: «No podemos sentir por los otros, como dice comúnmente: sentimos por nosotros y nada más. Esta proposición será dura, pero no lo es si se oye bien. No se ama ni al padre, ni a la madre, ni al hijo, sino los sentimientos agradables que nos procuran». O como dice La Rochefoucauld: «Si uno cree que ama a la mujer por el amor de ella, está engañado». Los actos de amor se estiman más que otros, no por su esencia, sino por su utilidad; compárense las observaciones anteriores y las ya hechas al tratar «Del origen de los sentimientos morales». Pero que un hombre deba desear ser como ese Dios, todo amor, hacer y querer todo para los demás, nada para sí, es cosa imposible, por razón de que necesita haber mucho para sí para poder hacer algo por otros. Además, supone esto que el otro es bastante egoísta para aceptar siempre, y siempre de nuevo, este sacrificio, esta vida por él; de manera que los hombres de amor y de sacrificio tienen interés en la conservación de los egoístas sin amor e incapaces de sacrificio y que la alta moralidad para poder existir debería expresamente producir la existencia de la moralidad (con lo que, es verdad, se suprimiría ella misma). Por otra parte, la idea de un Dios inquieta y humilla, no tanto porque en ella se cree, sino por la forma como ha nacido, sobre lo cual el estado actual de la etnología comparada no puede caber ya duda, y desde que uno se da cuenta de ese nacimiento, tal creencia está arruinada. Pasa con el cristiano que se compara con Dios, como pasaba con don Quijote, que despreciaba su propio valor porque tenía metidos en la cabeza los hechos maravillosos de los héroes de los libros de caballería: la unidad que en estos casos sirve de medida pertenece al dominio de la fábula. Pero si la idea de Dios está arruinada, lo está también el sentimiento del «pecado» como crimen contra los preceptos divinos, como mancilla hecha a los seres consagrados a Dios. Entonces no queda verosímilmente sino esa inquietud que está muy emparentada, muy próxima al temor de los castigos de la justicia mundana o del desprecio de los hombres; el aguijón más penetrante del sentimiento del pecado está para en adelante roto, cuando uno se apercibe de que sin duda ha violado la tradición humana, los preceptos y los mandatos humanos, pero sin poner ello en peligro «la salvación eterna de las almas» y sus relaciones con la divinidad. Si el hombre llega a la vez a adquirir la convicción filosófica de la necesidad absoluta de todas las acciones y de su completa irresponsabilidad de convertirla en carne y sangre, entonces desaparecerá también ese resto del remordimiento de conciencia.