Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano El medio que emplea el asceta y el santo para hacerse, por fin, la vida soportable e interesante, consiste en pasar de la victoria a la derrota. Para esto necesita de un adversario y le encuentra en lo que él llama el «enemigo interior». De otro modo, aprovecha su tendencia a la vanidad, al deseo de los honores y de la dominación, a los apetitos sexuales, para darse el derecho de considerar su vida como una batalla continua y a sí mismo como un campo de batalla, en el cual los buenos y los malos espíritus luchan con éxitos alternativos. Se sabe que la imaginación sensible es moderada, hasta casi suprimida, por la regularidad de las relaciones sexuales; y que, al revés, la irregularidad o la abstinencia en estas relaciones la desencadena y la excitan. La imaginación de muchos santos cristianos era obscena en grado extraordinario, y merced a esta teoría, sus apetitos los convertían en verdaderos demonios que se enconaban en sí mismos. No se sentían, por consiguiente, demasiado responsables; a ese sentimiento debemos la exactitud tan instructiva de los testimonios que de sí nos dejaron. Estaba en su interés que ese combate fuese siempre mantenido en alguna medida, porque era por medio de él como podía sostenerse su vida solitaria. Pero a fin de que el combate pareciese tener siempre bastante importancia para excitar en los no santos un interés y una admiración duraderas, era necesario que los sentidos fuesen más y más execrados y malditos, y que el peligro de la condenación eterna estuviere tan estrechamente ligado a tales cosas, que muy verosímilmente, durante siglos enteros, los cristianos no hicieron hijos sino con remordimiento: ¡cuánto daño pudo haber tenido que sufrir la humanidad por tal despropósito! Y sin embargo, la verdad se presenta allí con la cabeza inclinada, actitud particularmente deshonrosa. Es cierto que el cristianismo había dicho: «Todo hombre es concebido y nace en el pecado», y en el cristianismo superlativo de Calderón, esta idea aparece una vez más condensada y resumida bajo la forma de la más audaz paradoja, en los conocidos versos: