Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano En todas las religiones pesimistas, el acto de la generación es mirado como malo en sí, sin que esto quiera decir que sea el juicio de todos los hombres en general, ni aun de todos los pesimistas en particular. Empédocles, por ejemplo, no ve en él nada de vergonzoso, de diabólico, de criminal; muy al contrario, no ve en la gran pradera de perdición sino una sola aparición portadora de la salud y la esperanza, Afrodita: ésta le presta seguridad de que la discordia no dominará eternamente, sino que cederá un día u otro a una divinidad más dulce. Los pesimistas cristianos prácticos tenían interés, como he dicho, en que reinase otra opinión; les faltaba para poblar la soledad y el desierto espiritual de su vida un enemigo siempre vivo y generalmente reconocido, de modo tal que el combatirlo y vencerlo siempre les hizo ver en lo no santos seres incomprensibles, a medias sobrenaturales. Cuando, por fin, este enemigo, por causa de su manera de vivir y de su salud perdida, huía para siempre, se imaginaban ver su fuero interno poblado de nuevos demonios. La oscilación del ascenso y descenso de los platillos de la balanza que constituyen el orgullo y la humildad interesaba sus cerebros sutiles, lo mismo que la alteración del deseo y de la calma en él espíritu. Entonces la psicología servía no solamente para sospechar de todo lo que es humano, sino para calumniarlo, para flagelarlo, para crucificarlo, querían encontrarle perverso y malvado hasta el extremo; buscaban con anhelo la inquietud sobre la salvación del alma, la desesperación en la propia fuerza. Todo elemento natural al que el hombre une la idea del mal, de pecado (como pasa hoy mismo en lo que se refiere al elemento erótico), importuna, obscurece la imaginación, produce perspectiva aterradora, hace que el hombre esté en lucha consigo mismo y le hace, frente a frente de él, inquieto, desconfiado. Aún sus años le dejan cierto sabor de conciencia torturada. Y sin embargo, esta costumbre de sufrir por causa de lo que es natural está en la realidad de las cosas totalmente desprovista de fundamento, no es sino consecuencia de las opiniones sobre las cosas. Se da uno fácilmente cuenta de cómo los hombres se hacen malos desde el momento en que miran como malo lo que es inevitable, natural. Ése es el procedimiento de la religión y de las metafísicas, que queriendo al hombre malo y pecador por naturaleza, le hacen sospechosa la Naturaleza y le hacen más malo también a sí mismo, pues de esa manera aprende a creerse malo, porque le es imposible despojarse de su vestido de naturaleza. Poco a poco se siente, habiendo vivido largo tiempo en lo natural, oprimido por un gran peso de pecados, a tal extremo, que para librarse de él, necesita de poderes sobrenaturales: así se produce la sedicente necesidad de la redención, que corresponde a un estado de pecado, no natural, sino adquirido por la educación. Recórranse una a una las tesis morales expuestas en las instituciones del cristianismo, y en todas ellas se hallará que las exigencias son tan desmesuradas que el hombre no puede satisfacerlas: la intención no es que el hombre se haga más moral, sino que se sienta lo más pecador posible. Si este sentimiento no fuera agradable al hombre, ¿por qué se habría producido tal concepción y mantenídose tan largo tiempo? Así como en el mundo antiguo se gastó fuerza inmensa de espíritu y de invención para aumentar el gozo de vivir entre cultos solemnes, así también en el tiempo del cristianismo se ha sacrificado una suma igualmente inmensa de espíritu con otra tendencia: la de que el hombre se sienta pecador de todas maneras y está por tal causa generalmente excitado, vivificado, animado. Excitar, vivificar, animar a toda costa, ¿no era la consiga de una época enervada, demasiado madura, demasiado civilizada? Se había recorrido cien veces el círculo de los sentimientos naturales; el alma se hallaba cansada: entonces el santo y el asceta encontraron un nuevo género de atractivos para la vida. Se exhibieron ante todas las miradas, no tanto para ser imitados, sino como un espectáculo aterrador, sin embargo de que se representaba en los confines del mundo y del ultramundo, en que cada uno entonces creía ver tan pronto rayos de luz celeste como siniestras llamaradas, que brotaban de las profundidades. La visual del santo, dirigida sobre la significación terrible de la corta vida terrestre, sobre lo cercano e la decisión última en relación al nuevo lapso de vida infinita, esa mirada ardorosa en un cuerpo a medias aniquilado, hacía temblar a los hombres del viejo mundo, les hacía mirar, apartar la mirada con espanto, buscar de nuevo lo atrayente del espectáculo, ceder a él, alejarse, hasta que el alma padeciese ardores y calofríos de fiebre; tal fue el último goce que la antigüedad inventó, después que ella misma se hubo extenuado en el espectáculo de la caza de las fieras y de las luchas del hombre a hombre.