Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano EL POETA, ALIVIADOR DE LA VIDA.— Hemos expuesto que los poetas, queriendo, como quieren, aligerar la vida del hombre, o quitan la mirada del presente desapacible, o le obligan a tomar, enalteciendo el pasado, nuevos coloridos. Para alcanzar tal propósito, les es necesario retrogradar; de manera que pueden servir de puente para llevarnos época e ideas muy lejanas, a religiones y civilizaciones moribundas o muertas. Son siempre propia y necesariamente epÃgonos. Se puede decir algo desfavorable contra sus medios de aliviar la vida; corrigen y remedian sólo de pasada, sólo por el momento, y hasta impiden al hombre trabajar en pro de la verdadera mejora de su estado, suprimiendo o aligerando, por medio de paliativos, la pasión de los inquietos que impelen a la acción.
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LA LUCHA LENTA DE LA BELLEZA.— La belleza más noble no es la que nos deslumbra instantáneamente, la que nos seduce por asaltos tempestuosos y embriagadores (que fácilmente llega a disgustar), sino aquélla que se insinúa lentamente, la que uno lleva dentro de sà en el pensamiento, y que un dÃa, soñando se vuelve a ver delante, y que por fin, después de haberse modestamente circunscrito en nuestro corazón, toma posesión completa de nosotros, llena nuestros ojos de lágrimas y nuestro corazón de deseo. ¿Qué anhelamos, pues, ante el aspecto de la belleza? Ser bellos, creyendo que la ventura está unida a la belleza. ¡Terrible error!