Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano CULTO DEL GENIO POR VANIDAD.— Pensando bien de nosotros, pero no esperando formar ni aun el bosquejo de un cuadro de Rafael o de una escena dramática de Shakespeare, nos persuadimos de que el talento de producción es un verdadero milagro, una casualidad rarÃsima, y si aún tenemos sentimientos religiosos, de que es una gracia de lo alto. Asà es como nuestra vanidad, nuestro amor propio favorece el culto del genio, pues sólo a condición de suponerlo muy alejado de nosotros nos hiere. (Goethe mismo, el hombre sin envidia, llamaba a Shakespeare su estrella de las alturas lejanas, respecto de las cuales podemos recordar los versos del mismo poeta). «No deseamos poseer las estrellas, sino regocijarnos con su esplendor». Haciendo abstracción de estas sugestiones de nuestra vanidad, la actividad del genio no parece muy diferente de la actividad del inventor en mecánica, del sabio astrónomo o del historiador, del maestro en táctica. Todas estas actividades se explican, si uno se representa los hombres cuyo pensamiento es activo, con una dirección única que utilizan absolutamente como materia prima, que no cesan de observar diligentemente su vida interior y la del otro, y que no cesan de combinar sus medios. EL genio no hace más que aprender a colocar las piedras y en seguida construir. Toda actividad humana está complicada con el milagro, no solamente la del genio; pero no hay tal milagro. ¿De dónde viene, pues, la creencia de que no existe genio sino en el artista, el orador y el filósofo, y que sólo ellos tienen intuición?, (palabra con la cual se les atribuye una especie de anteojo por medio del que ven directamente en el ser). Los hombres no hablan intencionalmente de genio sino cuando los efectos de la gran inteligencia les son muy agradables, y no quieren experimentar envidia. Llamar a uno «divino», vale tanto como decir: «Con éste no podemos compararnos». En resumen; todo lo que es definido, perfecto, excita la imaginación, todo lo que está en vÃas de realización despreciable. El arte acabado de la expresión descarta toda idea de llegar a ser; se impone tiránicamente como una perfección actual. He aquà por qué principalmente los artistas de la expresión son los que pasan por geniales, y no los hombres de ciencia. En realidad, esta apreciación y depreciación no son más que una niñerÃa de la razón.