Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Todo progreso va precedido de un debilitamiento parcial. Las naturalezas fuertes conservan el tipo fijo, las débiles contribuyen a desarrollarlo. Algo análogo se produce entre los hombres tomados aisladamente: rara vez una decadencia, una lesión, una falta, y generalmente cualquier pérdida material o moral, deja de producir provecho en otro respecto. El hombre enfermizo tendrá, por ejemplo, en el seno de una raza guerrera y turbulenta, mejor ocasión de vivir para sà mismo, y, por consiguiente, para hacerse más tranquilo y más sabio; el miope tendrá más fuerte la vista, el ciego verá más profundamente en el ser Ãntimo, y en general oirá más finamente. En tales condiciones, la famosa lucha por la existencia me parece no sólo el punto de vista desde donde puede explicarse el progreso o el robustecimiento de la fuerza de un hombre, de una raza. Veo en ella más bien el concurso de dos elementos diversos: primero, el aumento de la fuerza estable por la unión de los espÃritus en la comunidad de creencia y de sentimiento, y después la posibilidad de alcanzar fines más altos por el hecho de que nace naturalezas en degeneración, y por consiguiente, de debilitamientos y lesiones de esa fuerza estable; es precisamente la naturaleza más delicada la que, siendo más delicada y más independiente, hace todo progreso generalmente posible. Un pueblo que tiene algo gangrenado y débil, pero cuyo conjunto es todavÃa robusto y sano, es capaz de recibir la influencia del elemento nuevo y de incorporárselo con ventaja. En el hombre tomado aisladamente, la tarea de la educación es ésta: proporcionarle un asiento tan firme y tan seguro que no pueda ya extraviarse. Pero entonces el deber del educador es herirle o aprovechar las heridas que le infiera el destino, y cuando asà hayan nacido, el dolor y la necesidad puede tener en esos sitios, delicados por las heridas, lugar para la inoculación de algo bueno y noble. Toda su naturaleza recogerá ese abono, y más tarde el ennoblecimiento dejará ver sus frutos. En lo que concierne al Estado, Maquiavelo dice que «la forma de los gobiernos es de muy poca importancia, aunque las gentes de cultura media piensen de otro modo. El fin principal del arte y de la polÃtica deberÃa de ser la duración, superior a cualquier otra cualidad, y que es mucho más hermosa que la libertad misma». Sólo sobre una gran permanencia, firmemente asegurada, pueden desarrollarse una constante evolución y una inoculación ennoblecedora.