Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano UNA CIVILIZACIÓN DE HOMBRES.— Tal es la griega clásica. Tocante a las mujeres, lo dijo todo Pericles en dos palabras: «Lo mejor es que no se hable de ellas entre los hombres». Las relaciones eróticas de los hombres con los adolescentes fue la condición necesaria, única de toda educación viril (como entre nosotros se funda la educación de la mujer en el amor y en el matrimonio). En los adolescentes se fijó todo el idealismo de la fuerza griega, y jamás fueron tratados con mayor cariño, según aquella máxima de Hoelderlin: «Amando produce el mortal su mayor bien». Cuanto más se elevaba el concepto de estas relaciones, tanto más se rebajaba el comercio con la mujer, el cual se reducÃa al placer y a la procreación; no habÃa con ellas comercio intelectual ni amor verdadero. Hasta eran excluidas de los juegos: como medio de educación, quedábales sólo la religión. Si en la tragedia se representaban Electra y AntÃgona, era por una tolerancia artÃstica, asà como hoy lo patético nos parece insoportable en la vida, aunque nos agrade en el teatro. La misión de la mujer griega era criar niños robustos, para contrarrestar la excitación nerviosa de una civilización floreciente. Esto es lo que mantuvo en larga juventud la cultura griega: en las madres griegas, el genio de la Grecia volvÃa a la Naturaleza.
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